¡Magnifique!
El día que casi denuncio a un francés a los servicios sociales
Ayer comimos en Mutriku, un pueblo lleno de palacios que se abre al mar Cantábrico y en el que viven 5238 personas. Viven mientras suben (y luego bajan) de los 49 metros sobre el nivel del mar hasta los 621 a los que asciende el casco viejo. No habíamos visto en la vida semejantes cuestas. Mi pareja y yo entendimos que no se quitaran las quechuas ni para ir a comulgar.
El restaurante al que me llevó Itziar era extraordinario. Únicamente tuve que mover un poco uno de los focos del techo para que no me dejara ciego del ojo izquierdo. Después de eso, todo bien. O casi todo. Porque en la mesa de al lado estaba comiendo una inquietante familia francesa. Hija adolescente, hijo pequeñito y padre.
Enseguida observamos que este último tenía un comportamiento extraño. No les dejaba empezar a comer antes que él y cada vez que el camarero traía un plato nuevo se ponía unas horribles gafas de piloto venido a menos para que su hija lo grabara con el móvil.
—¡Magnifique! —decía una y otra vez posando frente a la cámara.
Después se quitaba las gafas y les servía algo de comida a sus retoños. Que a su vez comerían mientras hacían scroll con sus propios aparatos. Pero si el padre consideraba que había que repetir la toma, cogía de nuevo la comida de los platos de los niños y volvía a llevarla a la fuente para grabar la misma secuencia.
La operación se llevó a cabo con la ensalada de atún y pimientos, los hongos con trufa, el pulpo troceado, el besugo fresco, las costillas de cordero y, finalmente, el flan de la casa.
—¡Magnifique!
—¡Magnifique!
—¡Magnifique!
Aquello era un poner y quitar de gafas tan absurdo que me hubiera dado mucha vergüenza ajena si no llega a ser porque me dio mucha más pena. Sus hijos estuvieron en todo momento al servicio de esa actividad. Lo de menos era que comieran o disfrutaran. Es más, cuando la hija se fue al baño, el niño de apenas 8 años asumió el papel de ella sin rechistar: cogió la cámara y esperó la señal. Lo alarmante es que parecía un comportamiento automatizado, una evidencia de que aquello debía ser lo normal cuando salían con el padre.
¿Qué hacía ese señor? ¿Era un foodie-influencer? ¿O un padre enamorado de sí mismo perdiendo los papeles? De esto último hay mucho: hombres separados y desubicados comiendo con sus hijos en restaurantes caros y ofreciéndoles gratis una buena dosis de malos ejemplos.
En esa mesa no había una droga como el alcohol, lo disruptivo ahí creo que fue la combinación de un padre, un móvil y, probablemente, un narcisismo exacerbado. Lo que me sacó de quicio podía haber sido lo ridículo que era el papá, pero en realidad fue lo invisibles que resultaron esos niños en todo momento.
Este libro va de cómo arrastramos esa invisibilidad cuando nos hacemos adultos.
Aquí.
Feliz lunes,
Oihan


¿Crees que la adicción al móvil funciona de forma similar a otro tipo de adicciones? Quiero decir, ¿crees que se podrían usar los mismos principios para gestionarla o reducirla? No he sido adicta a sustancias, pero lo del móvil está siendo una piedra constante en mi camino...
Niños attrezzo. Me suena.